jueves, 20 de marzo de 2014

Dónde fallan y dónde aciertan los MOOC

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Hace algunos meses ya anunciamos el profundo debate acerca de los MOOC: ¿se convertirán en un sustituto real de la educación tradicional, o serán un elemento complementario? Aunque el debate “MOOC vs educación tradicional” está servido para al menos varios años, y no parece clara su respuesta, ya podemos hacer un avance de lo que han significado desde su puesta en marcha.

En este periodo, la Universidad de Rochester, que oferta sus curso en Coursera, ha observado que tal y como confirman la mayoría de expertos, los MOOC están constituyéndose hasta ahora como una educación complementaria, y no como un reemplazo.

Esto no quiere decir, apuntan, que la evolución hacia una educación virtual vaya a quedarse en un mero ejercicio de apoyo a las clases presenciales. Hasta ahora, las universidades más punteras del planeta han apuntado a la creación de MOOCs en términos, sobre todo, de visibilidad y aumentar sus estudiantes hasta límites geográficos insospechados, con una oferta de cursos que llega a todo el planeta y a personas que “nunca antes habían escuchado hablar de la universidad de la que ahora estudian”. 

Muchas cosas, y bien hechas, deben estar realizando los creadores MOOC, cuando solo en Coursera hay varios millones de personas inscritas en alguno de sus cursos. Millones de personas. Cientos de veces más de estudiantes que un campus universitario de tamaño medio. Esto quiere decir que los cursos tienen razón de ser, que existe una verdadera necesidad de conocimiento que va mucho más allá de los meros certificados (aunque también suelen ser otra llamada a la matriculación) y, por qué no decirlo, las universidades empiezan a verlos como una necesidad en su modelo de negocio futuro, aun cuando a día de hoy no se pueda saber a ciencia cierta cómo monetizarlos.

Los fallos más importantes de los MOOC, entiende la Universidad de Rochester, se deben más a su edad metodológica temprana que a su propia esencia: la falta de conectividad entre alumnos, el escaso porcentaje de alumnos que acaban los cursos, la imposibilidad de autenticar y hacer un seguimiento al estudiante… A todo ello podemos sumar la “calidad” de algunos MOOC, o incluso la inexistencia de tutorización.

Pero independientemente de estos “fallos”, y más allá de los debates, lo que es seguro es la necesidad de las universidades por apostar por la educación online como vía de entrada al siglo XXI. Aunque aun no podamos asegurar a ciencia cierta su viabilidad, ni el papel final que jugarán los MOOC más allá de su rol actual, aquellas instituciones que no entiendan la necesidad de experimentar y apostar por comprender tanto su metodología como las necesidades de los estudiantes quedarán en una posición muy relegada respecto al futuro de la educación.

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